Texto base: Mateo 5:1
“Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos.”
Introducción
El evangelio de Mateo presenta a Jesús rodeado de multitudes. Sin embargo, no todos los que se acercaban a Él vivían el mismo nivel de compromiso. Mateo 5:1 muestra una escena decisiva: Jesús ve la multitud, sube al monte, se sienta como maestro, y sus discípulos vienen a él. Allí comienza el Sermón del Monte. Esa escena contiene una alegoría central: o somos discípulos, o somos multitud.
No se trata de dos iglesias distintas, ni de dos religiones separadas, sino de dos respuestas diferentes —dependiendo de la actitud y el compromiso— al mismo Dios y Señor nuestro. Unos se quedan al pie del monte, admirando desde lejos; otros suben, se acercan y se sientan a aprender. Unos tienen relación íntima con Jesús por el Espíritu Santo y hacen su Palabra; otros tienen una relación íntima consigo mismos, mediada por sus necesidades, intereses, imagen, dones, religión (la versión del cristianismo que se han fabricado) o concupiscencias.
El presente escrito desarrolla esta alegoría central, explora el papel del Espíritu Santo como canal divino, define ambos tipos de cristianismo, analiza las alegorías bíblicas que los ilustran, examina el caso de la mujer del flujo de sangre como discípula implícita, y culmina con una aplicación práctica y una conclusión apremiante.
1. El cristianismo de multitud
La multitud sigue a Jesús desde la periferia. Se impresiona con sus milagros, escucha sus enseñanzas, busca beneficios inmediatos o se deja llevar por la emoción del momento, pero no se compromete radicalmente con su persona, su cruz y su Reino.
Características del cristianismo de multitud
Sigue a Jesús por curiosidad, necesidad o interés.
Busca lo que Jesús da, más que a Jesús mismo.
Se impresiona, pero no siempre obedece.
Puede aclamar a Jesús y luego abandonarlo cuando el mensaje es duro.
Vive una relación íntima consigo misma: con sus heridas, sus proyectos, su gloria o sus experiencias.
Representa un cristianismo nominal, emocional o de consumo.
Está cerca físicamente, pero no necesariamente cerca del corazón.
Puede hacer obras poderosas en el nombre de Jesús, pero sin comunión real con Él.
En Juan 6:60-66 se ilustra esta realidad: “Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? Sabiendo Jesús en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os ofende? ¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero? El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar. Y decía: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre. Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.”
2. El ayo para alcanzar a Cristo: el Espíritu
En el contexto de la última cena, Jesucristo, hablando con los discípulos, dice en Juan 16:7: “Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré.”
La palabra clave es “conviene” (griego sympherei), que significa “es para vuestro provecho”, “es mejor para vosotros”. Implícitamente, el Espíritu con cada discípulo es parte del diseño divino.
¿Por qué les convenía que Jesús se fuera?
Porque la presencia física de Jesús era local, temporal y externa. En cambio, la presencia del Espíritu sería universal, permanente e interna; es decir, todos los discípulos pueden disfrutarla simultáneamente en cualquier latitud donde se encuentren.
El Espíritu es el canal divino, pero no un canal impersonal —como una tubería o una fuerza—, porque el Espíritu es una Persona divina. Es canal de:
Regeneración: “El que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5).
Inhabitación: “Vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros” (Romanos 8:9).
Intimidad: “Porque no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Romanos 8:15).
Transformación: “Somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18).
Obediencia: “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gálatas 5:16).
Fruto: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5:22-23).
Poder para testificar: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos” (Hechos 1:8).
Oración: “El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos 8:26).
En resumen: el Espíritu es el plan de Dios como canal divino. Pero es más que un canal: es Dios mismo viniendo a habitar en el creyente. Jesús se fue para que el Espíritu viniera, y el Espíritu vino para que Jesús fuera formado en nosotros. Sin el Espíritu, la multitud se queda al pie del monte. Con el Espíritu, el discípulo sube, se acerca y se sienta a aprender.
3. El cristianismo de discípulo
El cristianismo de discípulo es una fe personal, comprometida y transformadora. La palabra griega para discípulo es mathetes, que significa “aprendiz” o “alumno”. El discípulo se acerca deliberadamente a Jesús, se sienta a sus pies, aprende de Él, obedece su Palabra y lo sigue con su cruz, imitándolo.
Características del cristianismo de discípulo
Tiene relación íntima con Jesús a través del Espíritu Santo.
Se acerca a Jesús con fe y amor.
Escucha, aprende y es formado por el Maestro.
No solo admira a Jesús: lo imita.
Hace la Palabra, no solo la escucha.
Permanece cuando cuesta seguirlo.
Vive en comunidad con otros discípulos.
Reproduce el carácter de Cristo.
Toma su cruz y sigue a Jesús.
Es conocido por Jesús.
En Mateo 5:1, los discípulos “vinieron a él”. Ese movimiento representa la respuesta del que deja la dispersión de la multitud para entrar en una relación íntima y formativa con Jesús.
4. Contraste entre multitud y discípulo
| Multitud | Discípulo |
|---|---|
| Relación íntima consigo mismo | Relación íntima con Jesús por el Espíritu |
| Sigue a Jesús por lo que da | Sigue a Jesús por quién es |
| Se impresiona | Se transforma |
| Consume enseñanzas | Obedece enseñanzas |
| Se cuenta | Se forma |
| Se dispersa cuando cuesta | Permanece |
| Busca pan | Busca el Pan de Vida |
| Está cerca físicamente | Está cerca en corazón y voluntad |
| Puede hacer milagros y no ser conocido | Hace la voluntad del Padre y permanece |
5. Alegorías que explican las dos categorías
La Escritura usa varias imágenes para mostrar estas dos maneras de seguir a Jesús:
El monte: La multitud se queda al pie; los discípulos suben. Muchos hacen milagros en el valle, pero nunca suben al monte de la intimidad.
La casa sobre la roca y la arena: Oír y hacer la voluntad del Padre es construir sobre roca. Oír y hacer milagros en el nombre de Jesús sin obedecer es construir sobre arena. La casa cae.
Las vírgenes: Todas tienen lámparas, pero algunas no tienen aceite. El aceite es la vida interior, la relación con Jesús a través del Espíritu, no el don. Puedes tener ministerio, pero si no tienes aceite, quedas fuera.
La vid: Los sarmientos que no permanecen no llevan fruto. Pueden tener dones, pero si no permanecen en Cristo, son cortados y echados al fuego (Juan 15:6).
El pastor: “Yo soy el buen pastor; conozco mis ovejas, y las mías me conocen” (Juan 10:14). Los que no son conocidos no son ovejas, aunque hagan milagros en su nombre.
6. La multitud religiosa: los que hacen milagros sin ser conocidos
No todo el que hace milagros es discípulo. Jesús advirtió que muchos dirán: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?”. La respuesta de Jesús no es “Bien hecho”, sino “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de iniquidad” (Mateo 7:22-23).
Esto muestra que el poder espiritual no es la prueba del discipulado. Se puede tener dones, éxito, ser seguido por abundantes personas, y aun así no ser conocido por Cristo. Estos ministros no son la multitud anónima del monte, pero sí pertenecen a la categoría de multitud en sentido espiritual: siguen a Jesús por lo que pueden hacer en su nombre, pero no tienen comunión con Él. No hacen la voluntad del Padre, que es creer en el que Él envió (Juan 6:40) y amarse unos a otros (Juan 13:34).
El discipulado no se mide por lo que hacemos para Jesús, sino por nuestra relación con Jesús. La pregunta decisiva no es “¿Hago milagros?”, sino “¿Me conoce Jesús?”.
Es importante saber que la Biblia se define a sí misma. Por tanto, en Mateo 7:22-23 la palabra “conocer” no significa simplemente “reconocer o percibir una cosa o persona”, sino que denota una relación íntima, de comunión y pacto. Jesús no está diciendo que no sabía de ellos, sino que nunca tuvo comunión con ellos.
7. La mujer del flujo de sangre: discípula implícita
Un ejemplo de discipulado implícito es la mujer del flujo de sangre (Mateo 9:20-22; Marcos 5:25-34; Lucas 8:43-48). Aunque el texto no la llama “discípula”, su historia muestra el paso de la multitud al discipulado, basado en Marcos 8:34: “Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.”
La actitud de ella:
a) Vino por detrás
“Por detrás” puede indicar vergüenza, temor o humildad. Pero también evoca la postura del discípulo: “venir en pos de mí” significa venir detrás de mí, seguirme. Su acercamiento por detrás es una imagen de seguimiento. No es un simple empujón de la multitud; es un acto de fe.
b) Se negó a sí misma
Negarse a sí misma se interpreta aquí como arrepentimiento, y los siguientes versículos muestran el arrepentimiento de ella: Marcos 5:26 dice que había sufrido mucho de muchos médicos, había gastado todo y no había mejorado, sino que iba peor. Lucas 8:43 añade que no podía ser curada por ninguno. Durante doce años ella estuvo poniendo su confianza en los médicos, pero luego, “habiendo oído de Jesús”, se arrepintió o se negó a sí misma; es decir, cambió su mirada y “vino por detrás entre la multitud y tocó su manto”.
Eso muestra un cambio de mirada: de lo humano a lo divino, de la autoayuda a la fe. Es el movimiento del arrepentimiento: dejar algo y volverse a Cristo. No es que los médicos fueran pecado, pero representan la confianza agotada en recursos humanos. Ella se volvió a Jesús. El arrepentimiento es cambio de mirada, cambio de dirección, cambio de confianza.
Ella estaba entre la multitud que apretaba a Jesús, pero se distinguió por su fe. Había oído de Jesús, había dejado atrás la confianza en los médicos, se acercó por detrás y tocó el borde de su manto. No fue un contacto accidental: fue un acto deliberado de fe. Por su actitud pasó de la multitud a discípula.
8. El poder transformador y el discipulado
El poder transformador de Cristo no es exactamente un premio por ser discípulo. Es más preciso decir:
La fe en Cristo es lo que recibe el poder salvador y sanador.
El discipulado es la respuesta de fe: seguir, confesar, permanecer y obedecer.
La mujer fue sanada por su fe, y esa misma fe la convirtió en discípula.
No se hizo discípula para recibir poder; recibió a Cristo por fe, y eso la llevó a una relación nueva con Él.
Jesús lo dijo así: “El que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto” (Juan 15:5). El discípulo es el que permanece en Cristo; y al permanecer, recibe y manifiesta su poder transformador.
9. Horno de fuego: fin de la multitud
El apóstol Pablo afirma en la carta a los Colosenses que cuando creemos en Cristo somos pasados de la potestad de las tinieblas al reino del Hijo amado. Así que en el reino habitan tanto discípulos como multitud. Varios pasajes recogen cómo la multitud sirve de tropiezo a los discípulos. Por ejemplo, en la mujer del flujo de sangre, la multitud le sirvió de tropiezo para tocar a Jesús.
En Mateo 13:40-42: “De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes.” Se está diciendo que la multitud no podrá alcanzar a nuestro Señor en las nubes en Su venida, porque “recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo”, antes de la hora de ir a las nubes. La afirmación anterior está corroborada en Juan 15:6: ¿quiénes no permanecen en Jesús? La cizaña.
En resumen: el mensaje implícito en Mateo 13:40-42 nos conduce a interpretar adecuadamente Efesios 2:5: “aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)”. Ser “salvo por gracia” no es tener garantizada la salvación con independencia de nuestra actitud y aptitud ante el Padre, sino que hay que humillarse y seguir a Jesús como la mujer del flujo de sangre, para llegar a ser discípulo y así el poder transformador del Alfarero nos mute a nueva criatura (Gálatas 6:15).
9.1 ¿Qué es la gracia?
Actualmente muchos cristianos intentan encubrir sus dobleces diciendo: “no estoy bajo la ley, sino bajo la gracia”, dando a entender que la gracia permite el libertinaje espiritual. Nada más lejos de la realidad, porque Dios siempre ha establecido un precepto, una disciplina. A Abraham le pidió andar delante de Él y ser perfecto (Génesis 17:1). A su pueblo le dio la ley por medio de Moisés, y a los que habitan en el reino del Hijo les ha dado la ley de Cristo.
Es imposible separar el cimiento de la edificación que soporta; así tampoco se puede separar la ley de la gracia, pues la ley de Cristo es el cimiento de la gracia. Explicaré esto a través de una analogía generada a partir de Juan 3:4, donde Nicodemo hace un paralelo entre el vientre de la madre y el reino del Hijo, porque el objetivo en éste es hacernos una nueva criatura para cumplir con Gálatas 6:15 (ver figura 1).
Fig. 1 El segundo vientre
En este proceso juega un rol fundamental la responsabilidad mutua: para que nazca una nueva criatura, Dios es el encargado de formarla y darle vida, pero a la madre le corresponde guardar cierta “disciplina”; de lo contrario, el programa se detiene y se aborta el embarazo. Así mismo, a un ser viviente en el segundo vientre también le corresponde guardar cierta “disciplina”: la de discípulo, porque con la disciplina de multitud se aborta el programa. Esta analogía demuestra que sin ser discípulo no puedes adquirir el estatus de nueva criatura; por ende, no podrás recibir al Señor en las nubes, lo cual confirma lo dicho anteriormente: te llevarán al lloro y al crujir de dientes.
9.2 Un paso más profundo
La respuesta cuando Pablo le ruega al Padre que le quite un mensajero de Satanás que lo abofeteaba se encuentra en 2 Corintios 12:9: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad.” La palabra clave es debilidad, la cual es de espíritu; su objetivo es no oponer resistencia al poder de Dios (para culminar todas las instrucciones). Cuando Él dice: “mi poder se perfecciona en la debilidad”, está expresando que, si no opones resistencia a Su poder, este se puede perfeccionar; o sea, hacer todo lo planificado por Dios para arribar a la estatura del varón perfecto.
Cuando Dios le dice: “Bástate mi gracia”, le está transmitiendo: mi gracia “es suficiente para ti”; o sea, “Mi presencia, mi amor, mi poder y mi compañía son suficientes para ti”. Porque cuando me pides que te quite el aguijón concebido para ti en el programa divino, opones resistencia a mi poder y no podrás arribar a la estatura necesaria.
Las interacciones con Satanás están presentes en el programa de varios. Por ejemplo, la de nuestro Señor y la de Pedro. En Mateo 4:1: “Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo.” Y la del apóstol Pedro, en Lucas 22:31: “Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo.” Y Jesucristo no dijo: le pediré al Padre que te libre, sino: “pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lucas 22:32).
9.3 En resumen: la gracia nos da lo que no merecíamos
La gracia nos da lo que no merecíamos: vida. No una vida cualquiera, sino la vida misma de Dios comunicada al creyente por el Espíritu Santo. Merecíamos muerte por el pecado (Romanos 6:23), pero en Cristo recibimos vida; merecíamos condenación, pero recibimos justificación; merecíamos juicio, pero recibimos adopción. Esa vida no es solo una mejora moral ni un perdón externo, sino una nueva creación: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Corintios 5:17). Es la vida que nace del segundo vientre, la vida que el Alfarero forma en nosotros, la vida que nos hace discípulos y no multitud.
La gracia no nos da licencia para pecar, sino poder para vivir; no nos exime de la cruz, sino que nos capacita para cargarla y seguir a Jesús. Por eso, la gracia nos da lo que no merecíamos: vida, y esa vida se manifiesta en arrepentimiento, obediencia, fruto y permanencia en Cristo. Sin la gracia no podemos ser discípulos; con la gracia, somos transformados a la imagen del Hijo. La misma gracia que le bastó a Pablo es la que nos basta a nosotros: no para quedarnos como estamos, sino para que Cristo viva en nosotros.
10. Aplicación
Siguiendo la alegoría central de Mateo 5:1, solo hay dos categorías: discípulo o multitud. El discípulo tiene relación íntima con Jesús a través del Espíritu Santo y hace la Palabra. La multitud tiene relación íntima consigo misma: con sus necesidades, su gloria, su religión o sus dones, aunque se acerque a Jesús.
El mensaje implícito en Mateo 13:40-42 nos realiza un llamado: analizarnos para determinar en qué grupo estamos.
Si estás en el primer grupo —el de la multitud—: te congregas los domingos, eres fiel en el diezmo, participas en la mayoría de las “acciones” calendarizadas por el pastor, hablas en cristiano para guardar las apariencias, vives según la interpretación que tu conveniencia y las circunstancias le dan a las Escrituras, apegado a las tradiciones, haciendo coincidir en ocasiones tus comportamientos con las webdoctrinas; además, oras para que nuestro Padre satisfaga tu voluntad.
Si estás en el segundo grupo —el de los discípulos—: te congregas los domingos, eres fiel en el diezmo, participas en la mayoría de las “acciones” calendarizadas por el pastor, hablas en cristiano por amor al hermano y para agradar a Dios. Vives arrepentido y humillado bajo la diestra poderosa de Dios, guiado por el Espíritu, para que no sea tu voluntad sino la de Dios; y al igual que Pablo, el contenido de tu voluntad lo has tenido como basura. Además: oras, ayunas, lees la Palabra, vigilas para compenetrarte con Dios e ir creciendo a la semejanza del Hijo.
Si estás en el primer grupo, te sugiero imitar a la mujer anónima del pasaje del flujo de sangre. Ella no fue llamada explícitamente “discípula”, pero su historia es el retrato del discipulado verdadero. Pasó de la multitud a los pies de Cristo. Dejó a los médicos y se aferró al Maestro. No buscó solo un milagro: encontró una relación. Y Jesús no solo le devolvió la salud; le dio identidad, paz y comunión.
Así también el discípulo: no se conforma con estar entre la multitud, sino que se acerca a Jesús, lo toca con fe, lo confiesa delante de los hombres y recibe de Él lo que solo Él puede dar: salvación, transformación y paz. El llamado de Jesús sigue siendo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo 16:24). Pasar de multitud a discípulo es el camino de la verdadera fe.
Conclusiones
Solo hay dos categorías: discípulo o multitud. No se trata de dos iglesias ni de dos religiones, sino de dos respuestas diferentes al mismo Jesús. Unos suben al monte; otros se quedan al pie.
El Espíritu Santo es el plan de Dios como canal divino. Jesús se fue para que el Consolador viniera, y el Espíritu vino para que Jesús fuera formado en nosotros. Sin el Espíritu, la multitud se queda al pie del monte; con el Espíritu, el discípulo sube, se acerca y se sienta a aprender.
El poder espiritual no es la prueba del discipulado. Se pueden tener dones, éxito y multitudes, y aun así no ser conocido por Cristo. La pregunta decisiva no es “¿Hago milagros?”, sino “¿Me conoce Jesús?”.
La mujer del flujo de sangre es el retrato del discipulado implícito. Oyó de Jesús, dejó a los médicos, vino por detrás, se negó a sí misma, tocó con fe, confesó y fue llamada “hija”. Pasó de la multitud a los pies de Cristo. Al discípulo le corresponde lo mismo que a ella: no conformarse con estar entre la multitud, sino acercarse a Jesús, tocarlo con fe y recibir de Él salvación, transformación y paz.
La gracia no es libertinaje. Dios siempre ha establecido un precepto, una disciplina. La ley de Cristo es el cimiento de la gracia. Sin ser discípulo no puedes adquirir el estatus de nueva criatura; por ende, no podrás recibir al Señor en las nubes.
“Bástate mi gracia” significa que la presencia, el amor, el poder y la compañía de Dios son suficientes. Cuando pedimos que nos quite el aguijón concebido para nosotros en el programa divino, oponemos resistencia a Su poder. La debilidad, entendida como no oponer resistencia a Dios, es el lugar donde Su poder se perfecciona.
El llamado es urgente: analizarnos, determinar en qué grupo estamos y, si estamos en la multitud, imitar a la mujer del flujo de sangre. Pasar de multitud a discípulo es el camino de la verdadera fe. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo 16:24).
Dr. C. Genovevo Feliciano Morejón Vizcaino
Profesor Titular
Ministerio Evangélico Misionero “Palabra al Universo” (PAUNIV)
Miembro Iglesia “Embajadores de Dios” ADCuba
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